"Desayuno en Tiffanys" es de
esas películas que todo el mundo ubica. Incluso si uno no la ha visto, igual
tiene clara la imagen de Audrey Hepburn en un vestido negro de Givenchy mirando hacia la joyería que le da paz. Un
filme que no sólo es un ícono para los que aman el cine, sino para cualquiera
que adore la moda y cuyas escenas han sido imitadas en una infinidad de series,
desde Gossip Girl a Los Simpsons.
Ahora bien, cuando uno ve una película que
está basada en un libro, uno sabe que lo más probable, es que termine con un
nivel de decepción de aquí a China. Y eso es porque, las películas nunca pueden
abarcar todo y es bien difícil que nos dejen satisfechos, porque la mente del
director no es igual a la nuestra y, cuando nosotros imaginamos un rostro, o
una característica del lugar en que vive el personaje, resulta que el director
ve otra cosa que na` que ver. Con esto claro en mente, me dispuse hace harto
rato ya a ver "Desayuno en Tiffanys”, porque, aunque hubiese diferencias,
había dps motivos mayores para verla. Primero, porque Audrey Hepburn debe ser
la mujer más adorable que ha tenido el cine de Hollywood y siempre verla actuar
será un placer, y segundo, porque aunque la adoro, es de lo más lejana que yo
podría imaginar para encarnar a Holly Golightly, la protagonista en la historia
que nos narró Truman Capote. Además, no soy la única que lo cree, ya que el
mismísimo señor Capote no quedó muy contento cuando le dijeron que sería ella
la encargada de darle vida a su Holly, menos porque él tenía en mente a la
exuberante Marilyn Monroe (Resulta ser que tampoco le gusto el director y el
color que le dieron a la película, señalando después que la película y el
libro, se parecían tanto como una banda de rock a un cantante de ópera).
En realidad, Capote tiene toda la razón.
La película y el libro son dos cosas muy distintas y, si bien se conservan casi
al dedillo los diálogos, la historia que plantea Hollywood es una historia endulzada
de lo que Capote en su libro inyectó con veneno.
Holly de la película es una chica
extremadamente ingenua y dulce, con la que uno empatiza de inmediato y a quien siente
ganas de proteger. Peter, quien en el libro se nos presenta como un narrador
sin nombre, es también un hombre que necesita protección en el filme. Ambos se
encuentran en medio de un mundo hostil y la película nos cuenta qué puede
suceder entre estos dos seres solitarios y olvidados. Para esta Holly que vemos
en la película de Blake Edwards, Audrey es perfecta. Refleja la fragilidad,
pero al mismo tiempo la determinación y, con su belleza entendemos que pueda
tener loco a medio Nueva York.
La Holly de Capote es más oscura, pero
infinitamente más real. Las pequeñas acciones que no aparecen en el filme, nos
demuestran aún más su personalidad y entendemos que por su forma de ser, éste
sea el final más honesto para los personajes, y no el de fantasía que nos
plantea el cine.
En resumen, yo recomendaría hacer ambos ejercicios. Ver la película; deleitarse con la actuación de Audrey Hepburn que brilla más que cualquier joya de Tiffanys, soñar con vivir un amor así, de verdad, que acepte nuestros defectos y saque lo mejor de uno, encantarse con el vestuario y la fotografía y disfrutar de Holly interpretando "Moon River" mientras Paul la mira desde su ventana (por lejos mi escena favorita). Pero también, diría que es necesario leer el libro y despertar a la realidad. Conocer esa Holly más negra y ese narrador desconocido, pero que ama casi tanto como el otro, aunque no de igual forma. Las dos versiones de "Desayuno en Tiffanys” para mí son necesarias.
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