Cuando chica, nunca podía dormir la noche previa al primer día de clases. Me encantaba sentir esa ansiedad por ver a mis amigas, conocer a los compañeros nuevos o volver a ver al niño que me gustaba. Aunque por lejos, lo que más me emocionaba, era usar mis cuadernos nuevos, con portadas lindas, el exceso de lápices en mi estuche (los lápices eran para mis amigas y yo, como los zapatos para Carrie y sus chicas, nunca teníamos la cantidad suficiente). Recuerdo que en la primera página de mis cuadernos, siempre dibujaba a Snoopy y sus amigos y escribía alguna frase linda/cursi que me motivara durante el año.Todas las veces, el dibujo y cuaderno más lindo, eran para matemáticas, por ser la materia que menos me gustaba...
Ir al colegio era para mi, como para la gran mayoría de ustedes, una cuestión obvia. Ahí, hice grandes amigos, tuve profesores que me marcaron para siempre y sufrí tratando de hacer la rueda o saltando el caballete en clases de educación física, entre tantas otras cosas. Por eso, por los lindos recuerdos que tengo de mi época de colegio, es que al leer el libro de Malala Yousafzai ("Yo Soy Malala") es como si me contaran la realidad de un extraterrestre.
Malala era una niña chistosa, un poco peleadora con sus hermanos y bastante inteligente; nada que nos llamara extremadamente la atención hasta que, llegaron los talibanes a Swat, la región donde vivía.
En ese momento, este grupo de fundamentalistas islámicos comenzó con una serie de prohibiciones que iban desde no escuchar música profana, hasta que las mujeres no podían salir solas de su casa, sino sólo en la compañía de un familiar hombre, aunque se tratase de un niño de un año (Muy seguro!)
Los talibanes empezaron además, a disminuir cada vez más el acceso de las mujeres a la educación. En un principio, señalando que éstas debían ir cubiertas para no incitar al pecado en los hombres; luego que sólo pudiesen ir escuelas de mujeres y donde se les enseñara sólo lo básico, ya que no requerían más conocimiento.
Malala, que era hija de un profesor, y sus amigas, se resistieron a esto y acudían a la escuela escondidas o con protección, todo con tal de seguir aprendiendo. Malala además, se encargó de contar al mundo, a través de Internet, como veía la ocupación talibán una niña. Obviamente, esto y su cada vez mayor popularidad, la volvieron un blanco para los terroristas, quienes el 9 de octubre del 2002 la atacaron, dejándola al borde de la muerte. Malala, tras un proceso muy largo y con varias operaciones, logró recuperarse y hoy es una activa luchadora por el derecho de todos los niños a educación, especialmente las niñas, ya que, en lugares como su país de origen (Pakistán) el analfabetismo en mujeres alcanza el 60%.
Malala fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz y es conocida internacionalmente. Por desgracia, en Medio Oriente, existen cientos de "Malalas" que, sin tener a toda la prensa de su parte, luchan día a día porque las mujeres puedan acceder, a conocimientos tan básicos como leer y escribir.
Hace unos días, vi una película iraní que se llama "Buda Explotó Por Vergüenza", donde se muestra, de manera magistral, la realidad que viven las miles de niñas que no vemos en TV, que no ganan premios, pero que siguen luchando a diario por conquistar pequeños espacios en un mundo mucho más hostil que el nuestro y en donde los estuches jamás estarán llenos de lápices. (Les dejó el enlace por si quieren verla. Está en "ezpañol coño" pero merece la pena revisarla)
En Occidente, todas las mujeres sabemos que faltan años luz para ser consideradas a la par de los hombres. No ganamos lo mismo, tenemos siempre el estigma de ser las dueñas de casa y quienes tienen que encargarse de las labores del hogar y aún , en pleno siglo XXI sufrimos el acoso callejero por parte de hombres ineptos que sienten que lo hacen súper bien al decir lo atractivas que nos vemos (y además usando palabras soeces). Sin embargo, y en nuestro mismo pequeño planeta, la cosa está aún más difícil para las féminas y su batalla es por derechos aún más básicos. Por eso, la idea es seguir luchando, como si fuéramos una sola mujer, porque cada batalla, por pequeñita que sea, es un paso para el respeto de nuestros derechos, tanto en educación, sexuales, reproductivos o laborales.